lunes, 2 de diciembre de 2013

El Tiempo Musgo




                                               
                                                        Schistostega pennata. Foto de Sean Edwards.
                                                                                           Musgo de Cueva
                                                                                 El oro del elfo, el oro del dragón.



  Foto de Andris Koijots




 Este concepto de un planeta de una vejez impensable no sorprendió a Alma, si bien escandalizó a mucha gente, ya que contradecía las enseñanzas de la Biblia. Pero Alma tenía sus propias y peculiares teorías sobre el tiempo...Alma llegó a creer, de hecho, en la existencia de varios tipos de tiempo coexistiendo en el cosmos; taxónoma diligente, incluso les había puesto nombre. En primer lugar, pensó Alma, estaba el Tiempo Humano, una narrativa de memoria limitada, mortal, basada en los deficientes recuerdos de la historia conocida. El Tiempo Humano era un mecanismo breve y horizontal. Se extendía recto y estrecho, desde un pasado relativamente reciente a un futuro apenas imaginable. La característica más sorprendente del Tiempo Humano, sin embargo, era la increíble rapidez con que se movía. Era un mero chasquido de dedos en el universo (...).

 Al otro extremo del espectro, conjeturaba Alma, existía lo que llamó Tiempo Divino: una eternidad incomprensible en la que crecen galaxias y habita Dios. No sabía nada acerca del Tiempo Divino. Nadie lo sabía. De hecho, Alma se enfadaba con facilidad con quienes aseguraban comprender algún aspecto del Tiempo Divino. No le interesaba estudiar el Tiempo Divino, ya que creía que era imposible para un mortal comprenderlo. Era un tiempo fuera del tiempo. Así pues, no le prestaba mayor atención. Aun así, percibía su existencia y sospechaba que se desarrollaba en una especie de inmovilidad sólida e infinita.

 Más cerca de casa, de vuelta a la tierra, Alma también creía en lo que llamaba Tiempo Geológico...La historia natural correspondía a esta categoría. El Tiempo Geológico se movía a un ritmo que parecía casi eterno, casi divino. Se movía al ritmo de las piedras y de las montañas. El Tiempo Geológico no tenía prisa (...).

 Pero entre el Tiempo Geológico y el Tiempo Humano, postuló Alma, existía algo más: algo que llamó el Tiempo Musgo. En comparación al Tiempo Geológico, el Tiempo Musgo avanzaba a una velocidad vertiginosa, ya que los musgos lograban en mil años lo que las piedras no alcanzarían ni en sueños ni en un millón. Pero, en relación con el Tiempo Humano, el Tiempo Musgo era de una lentitud dolorosa. A simple vista el musgo ni siquiera daba la impresión de moverse. Pero el musgo se movía, y con resultados extraordinarios. Nada parecía ocurrir, pero, de repente, una década después, todo había cambiado. Sencillamente, el musgo se movía con tal lentitud que casi todos los humanos eran incapaces de notar las diferencias.


 Sin embargo, Alma sí las notaba. Alma estudiaba esas diferencias. Mucho antes de 1848 Alma ya se había instruido a sí misma para observar su mundo, en la medida de lo posible, a través de la dilatada cronología del Tiempo Musgo.




                            LA FIRMA DE TODAS LAS COSAS. Elizabeth Gilbert.

                                                 Ed. Suma de Letras